domingo, 16 de marzo de 2014

EL OPIO, UNA DROGA INTELIGENTE

EL OPIO, UNA DROGA INTELIGENTE


Cuando hablamos de drogas inteligentes, casi todos pensamos en novedosos fármacos que ejercen una complicada acción sobre nuestro cerebro con el objetivo de mejorar el rendimiento. Sin embargo, no siempre es así, e igual que muchos productos naturales pueden ser considerados drogas inteligentes, lo mismo sucede con algunas sustancias psicoactivas clásicas. Si damos un repaso a las que se utilizaban antes de la era farmacológica -que da comienzo a finales del siglo XIX- vemos que el jugo de la adormidera era la droga intelectual por antonomasia, la que se tomaba cuando se deseaba lucidez y claridad mental junto con calma y estabilidad emocional. Escohotado incluye al opio entre las drogas de paz, pero -al contrario que el alcohol o los tranquilizantes- éste no hace perder el buen sentido, sino que mantiene y potencia las facultades cognitivas del consumidor, que logra tomar distancia con respecto a los problemas internos y externos. El opio fue durante siglos la droga euforizante de Europa; y ello no porque proporcionase estimulación tal como la entendemos en nuestro tiempo, sino porque duerme la parte instintiva del hombre y deja libre el intelecto, además de la tranquilidad y analgesia que proporciona al organismo. Por este motivo podemos afirmar que es la sustancia de la era pre-farmacológica más profusamente utilizada como droga inteligente.


Plantas Prehispanicas - Salvia Divinorum - Opio


Propiedades


En cuanto a sus propiedades terapéuticas, ha sido uno de los medicamentos más importantes de la historia, empleado para combatir numerosas dolencias desde las primeras civilizaciones. Se obtiene de la adormidera (Papaver somniferum) mediante incisiones en las cabezas, unos días después de perder los pétalos. El látex se seca y se convierte en una resina de color marrón que se separa mediante raspado. Algunos de los más destacados productores (legales o ilegales) son Afganistán, India, Tailandia, Laos, China y Japón. En España se cultiva para la industria farmacéutica y, además de los ocasionales campos de opio silvestre, de vez en cuando algún drogófilo descubre una plantación “legal” e intenta aprovechar la coyuntura.Laudano


En cuanto a su modo de uso, se puede fumar, ingerir de varias formas (las bolitas sin mayor preparación, hervido en infusión, en la clásica preparación de láudano…), o administrar por vía rectal. Dice Font Quer1 que el Papaver somniferum contiene unas dos docenas de alcaloides disueltos en el látex, de los cuales el más importante es la morfina, que aparece en una proporción que va del 3 al 20%. Otros alcaloides son la codeína (0.3%), la papaverina (1%) y la narcotina (6%). Añade que algunas de sus principales aplicaciones terapéuticas son acabar con el dolor, mitigar la tos, refrenar los flujos estomacales y producir sueño. Hablando de medicina, hasta hace unos años existía un popular medicamento contra la diarrea a base de opio y otros fármacos, en forma de bonitos comprimidos oscuros con un rico aroma (ahora contiene loperamida, el opiáceo habitual en los productos antidiarreicos que no ofrece nada al drogonauta). Todavía existe un producto en farmacias que contiene extracto de opio -aún aparece en las bases de datos que consulto; no sé si lo habrán retirado a última hora-, aunque en combinación con belladona. Muchos jarabes para la tos contienen opiáceos (normalmente dextrometorfano); la misma codeína, alcaloide del opio, se comercializa con esta indicación. Algunos drogófilos se pegan viajes con estos medicamentos, pero más que viajes se trata de un colocones con aplatanamiento generalizado y embotamiento mental, en mi modesta opinión. Como suele decirse, tengan cuidado con la dosis, no sea que se encuentren con lo que no andaban buscando.


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Historia


Hagamos un rápido recorrido por la historia de esta planta, amiga y compañera -incluso amante- del ser humano durante milenios. Hay documentos que hablan de su utilización en Oriente Medio alrededor del año 2000aC, gracias a los cuales nos consta que las primeras civilizaciones ya conocían sus propiedades nutritivas, calmantes y sedantes, así como el método clásico para obtenerlo: practicar incisiones oblicuas en la cápsula de la planta a fin de recoger el látex. Por ejemplo, en los cilindros babilónicos más antiguos se encuentran representaciones de cabezas de adormidera. La medicina egipcia, muy avanzada para su época, lo utilizaba ampliamente y se recomendaba como analgésico y calmante, tanto en pomadas como por vía oral y rectal.


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opio_rajadoPasando a nuestros antepasados culturales más cercanos, y de los que tenemos más testimonios, en Grecia el opio era un medicamento de uso común ya que el Mediterráneo y su entorno ofrecen un clima propicio para su crecimiento silvestre y su cultivo. Griegos y romanos lo utilizaron generosamente, llegando a ser un producto controlado por el estado para evitar especulaciones, fluctuaciones en el precio y problemas de abastecimiento. Como señala Escohotado, en ningún escrito antiguo se habla de adicción ni de adictos al opio, lo cual dice mucho sobre su integración en la sociedad y las buenas costumbres, y posiblemente también sobre la ausencia de abuso cuando una droga no sufre de prohibiciones: Los únicos adictos conocidos de la época son los alcohólicos, mientras que el hábito de comer opio se equipara al de ingerir otros alimentos, hacer ejercicios corporales determinados o acostarse y levantarse a alguna hora específica2.


Había médicos griegos especialistas en crear tríacas o antídotos generalizados contra el envenenamiento que, además de sustancias tóxicas en cantidades minúsculas -anticipando el principio de las vacunas y la homeopatía-, contenían opio y otros productos. En su libro De materia médica, el tratado farmacológico más importante de la Antigüedad, Dioscórides (siglo I) describe el opio como una sustancia que elimina el dolor, permite dormir, calma la tos y reduce los flujos estomacales3, tal como ya hemos indicado en el comentario a la obra de Font Quer, versión moderna del Dioscórides. Los romanos lo utilizaron ampliamente, y los patricios y emperadores lo tomaban a diario. En muchos casos, cuando sentían que su ciclo vital había llegado a su fin, aumentaban la dosis y lo empleaban como eutanásico. Vivir con tranquilidad gracias al opio y morir apaciblemente también gracias a él: no hay duda del amor de la cultura grecorromana hacia esta planta, hasta el extremo de llegar a acuñar monedas con su imagen.


La llegada del cristianismo y la Edad Media implicó el rechazo de las drogas paganas y el acatamiento del alcohol como psicoactivo oficial (monodrogofilia impuesta por el monoteísmo, sinónimo de pensamiento único y aplastamiento de la diversidad). La religión cristiana condenó las drogas consideradas malditas por su relación con la cultura grecorromana. En cambio, la cultura árabe -islamizada a partir del siglo VII- utiliza sin problemas el opio, que es bien conocido por sus médicos. Los árabes son los verdaderos herederos de la cultura grecorromana, no sólo por el empleo de los fármacos, sino por el desarrollo de su medicina, de su botánica y tantas otras cosas más, en contraste con una civilización cristiana mucho más atrasada. En la Península Ibérica tuvimos una de las culturas árabes más avanzadas y florecientes, el califato (previamente emirato) de Córdoba; pero la conquista de los bárbaros cristianos del norte acabó con los siglos dorados en que pudieron vivir en paz los practicantes de tres religiones -mahometanos, cristianos y judíos-, además de los numerosos ateos, agnósticos, paganos, panteístas y bichos de otras especies y sectas que siempre han pululado por ahí.


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El Renacimiento va a suponer un rechazo al espíritu medieval, lo cual -junto con el redescubrimiento de la cultura clásica y sus libros- permite volver a drogas relegadas. El médico y alquimista Paracelso (1493 – 1541) comienza a preparar el láudano a base de opio, vino y especias. El opio es a partir de ahora utilizado por las clases acomodadas y por los intelectuales en busca de inspiración, tendencia que va en aumento hasta llegar al siglo XIX, cuando el Romanticismo lo pone de moda. Algunos escritores y pensadores lo emplean no sólo con propósitos terapéuticos, sino para fines más lúdicos y de autoconocimiento. A finales del siglo XIX y comienzos del XX empieza a decaer con la popularización de sus alcaloides -morfina y heroína- y de otras sustancias psicoactivas como la cocaína.


Incluso los más críticos reconocen que el opio figura entre los medicamentos más importantes de la historia, indicado en múltiples enfermedades e insuperable como analgésico. De hecho, se utilizaba como remedio contra cualquier tipo de dolor, incluso en los niños; para la ansiedad e insomnio; para la diarrea; contra la tos. Sin embargo, los drogabusólogos afirman que el problema comienza cuando se emplea con fines hedonísticos, moda difundida por los escritores románticos. Por ejemplo, Fernand Moreau dice que, a dosis convenientes, el opio calma el dolor y causa el sueño, pero que ha dado lugar a usos extramedicinales de carácter pernicioso: “La pipa expide opio al fumador en dosis que lo convierte en un tóxico peligroso. Es un veneno euforizante. Causa una embriaguez que recuerda la del alcohol. Una fase de excitación en el curso de la cual se observa una aceleración de los latidos del corazón, una hiperactividad cerebral y una gran locuacidad, conduce al sujeto a un estado de euforia que es precisamente lo que busca (…) La repetición de estos trastornos conduce al opiómano a la decrepitud física, a la decadencia intelectual y a la muerte (…) La opiomanía y la morfinomanía son, como el opio, plagas sociales; resultan perjudiciales para el individuo al que causan su degeneración; son nefastas para la familia, a la que hunden en la miseria; imponen a la sociedad el peso de las taras que ocasionan. Sabemos cómo eliminarlas y lo serán cuando queramos”4.


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Muchos personajes célebres, intelectuales y artistas utilizaron el opio para inspirarse, o bien para soportar las penalidades de la vida cotidiana y así poder crear a gusto. Existen testimonios de que lo consumían: el cardenal Richelieu, Benjamin Franklin, Coleridge, el general San Martín, Walter Scott, Charles Dickens, Richard Wagner, Allan Poe, Mary Shelley, Baudelaire, Conan Doyle, Lewis Carroll, Pablo Picasso. Incluso el ultraconservador Joseph McCarthy, el senador norteamericano inspirador de la caza de brujas a comienzos de los años cincuenta, martillo de herejes y comunistas, tomaba opio. Dicho sea de paso, falleció cuando contaba cuarenta y ocho años por cirrosis y hepatitis causadas por abuso del alcohol5.


Vamos a detenernos un poco en los más destacados. Por ejemplo, Héctor Berlioz (1803 – 1869) era consumidor habitual y compuso su Sinfonía Fantástica con la intención de describir musicalmente el estado de embriaguez producido por la droga. Se inspiró en la primera parte del famoso libro de Thomas De Quincey (1785 – 1859), dedicada a sus bondades (el último capítulo, donde hablaba los problemas derivados del abuso y en la dificultad de abandonar el consumo, fue publicado años después). Otro ejemplo es Jean Cocteau, escritor, pintor y cineasta, que en Opio: Diario de una desintoxicación describió lo difícil que resulta dejar de consumirlo. No obstante, por mucho que busquemos, en ninguno tuvo el opio tanta relevancia como en De Quincey. Nació en Manchester, Inglaterra, en una familia de clase media. Fue brillante en sus estudios, hasta el extremo de que podía hablar en griego clásico perfectamente, como el mejor orador de la época de Platón. Trabajó para algunos de los mejores periódicos de su tiempo y conoció a los más brillantes intelectuales, en los que influyó a raíz de sus Confesiones de un inglés comedor de opio6. Escribió muchos libros, pero publicó poco y sufrió constantes problemas económicos. Comenzó a tomar opio por puro placer, afición que nunca le causó ningún problema. Fueron unos fuertes dolores de estómago, a causa del hambre que pasó de joven, los que le llevaron a consumirlo a diario. Cuando llegó al punto de no distinguir el sueño de la vigilia y a pasar los días sumergido en una especie de niebla, se vio obligado a comenzar la dramática desintoxicación que narra en la última parte de su obra. A pesar de ello, siempre reconoció que los mejores momentos de consumo de esta droga -cuando constituía una afición placentera- fueron maravillosos anímica e intelectualmente.


La obra del opiófago inglés debió de ser motivo de escándalo en su día porque, como él mismo dice, no hay “nada en verdad más repugnante a los sentimientos ingleses que el espectáculo de un ser humano que impone a nuestra atención sus úlceras o llagas morales”, y más si es un intelectual respetado quien las cuenta, añadimos nosotros. Por eso mismo creía útil la publicación de esta obra, para romper ciertos tabúes. En ella narra su niñez, su excelencia intelectual, cómo pronto supera a sus profesores y las penurias que sufre en su juventud. A raíz de unos dolores reumáticos compra opio por recomendación de un amigo. Cuando lo toma, desaparecen sus males y siente un deleite divino, el placer de los filósofos: “la panacea de todos los males humanos”, la felicidad que puede comprarse por un penique y llevarse en el bolsillo del chaleco. Sobre sus propiedades, De Quincey afirma que “ninguna cantidad de opio embriagó ni puede embriagar nunca a nadie”, y que el gozo, cuando llega, se mantiene de ocho a diez horas. Comparado con el vino, mientras que éste desordena las facultades mentales, el opio, por el contrario, introduce en ellas el orden, legislación y armonía más exquisitos: “El vino roba al hombre el dominio de sí mismo; el opio, en gran medida, lo fortalece (…) imparte serenidad y armonía a todas las facultades (…) el vino suele llevar al borde del desvarío y la extravagancia (…) mientras que el opio parece siempre sosegar lo que estaba agitado y concentrar lo discorde (…) el comedor de opio es demasiado feliz para notar el paso del tiempo”. En cuanto a la resaca, afirma: “durante los diez años que tomé opio espaciadamente, disfruté siempre de un bienestar excepcional al día siguiente de permitirme este placer”.


Tras cierto tiempo consumiéndolo se encontraba bien, en contra de la opinión común de los médicos. El problema comenzó más tarde, cuando tuvo que tomarlo todos los días debido a los dolores de estómago que hemos mencionado. De Quincey reconocía ser demasiado eudemonista e incapaz de soportar el dolor que implica abandonar el hábito; pero llegó un momento en que se sentía impotente para todo, deseaba hacer cosas sin poder con ninguna, vivía la vida como un sueño continuo, y tenía el sentido del espacio y del tiempo gravemente afectados. Es en esa situación cuando comenzaron sus intentos de librarse de la dependencia, con terribles crisis de abstinencia. Poco a poco, siguiendo un plan riguroso, consiguió dejar de ser adicto, feliz conclusión que prueba que después de usar opio durante diecisiete años y abusar de él durante ocho, todavía es posible renunciar a él.


Más información en:

(http://www.drogasinteligentes.com)


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PEGANUM HARMALA (HÁRMEL): AYAHUASCA EUROPEA

“Desde tiempo inmemorial, sobre todo por parte de los árabes, las semillas de la alharma se emplean bajo diversas formas para procurarse una deliciosa embriaguez, (…) en Turquía las venden para lograr con ellas un estado de euforia hilarante y de gran alegría”.


Plantas Prehispanicas - Salvia Divinorum - PEGANUM HARMALA


 Por lo visto Font Quer, nuestro admirado botánico catalán, nunca tomó el té de hármel cuya embriaguez produce relajación, mareo, y a veces efectos antidepresivos con interesantes imágenes a ojos cerrados… Pero también suele producir nauseas, vómitos, diarrea y resaca; sin discusión posible la embriaguez provocada por el té de hármel puede ser de todo menos “deliciosa”. Lo que si es cierto es que las semillas de Peganum harmala se usan cada día mas en la preparación de pociones tipo “ayahuasca”, tanto en Norteamérica como en Europa (Rätsch 2001, Ott 2000), por su alto contenido en harmina y harmalina -del 2 al 7% en las semillas maduras- que es una media de diez veces mayor que la harmina contenida en los tallos de la ayahuasca amazónica ó Banisteriopsis caapi ( Ott 2003 ). La harmina fue conocida inicialmente como “telepatina” por sus supuestas propiedades telepáticas al inducir un estado contemplativo en el que los ojos se cierran y disminuye la sensibilidad frente a estímulos externos, apareciendo imágenes provenientes del inconsciente. La harmalina parece ser que carece de importancia en la farmacología de la ayahuasca (Ott 2006).


Según algunos autores la harmala sería el antiguo afrodisíaco “moli” del que hablan los autores latinos (Stark 1981). No hemos notado ningún efecto afrodisíaco tras ingerir semillas de harmala, aunque con los ojos cerrados aparecieron imágenes de calidad fotográfica, entre ellas rostros de mujeres desconocidas, trenes, etc, pero sin ninguna sensación erótica.


Parece ser que fueron los pueblos islámicos los que trajeron la semilla de hármel a la península Ibérica. Esta planta en Marruecos goza de una gran reputación como panacea o curalotodo.


ORIGEN DEL CONOCIMIENTO MODERNO DE LA HARMALA EN EL MUNDO HISPANO


En 1979 se publicó en Barcelona el primer número de la revista psiquedélica “Globo”, que contenía una sección titulada “plantas mágicas” y en su segundo número editó un artículo titulado “Harmala: el yajé catalán”, dónde se citaba al botánico Pío Font Quer y su magna obra de plantas medicinales: “El Dioscórides Renovado”. Al leer con atención este libro nos percatamos del nombre árabe: hármel, y de que se usan en Marruecos con varios fines. Pronto organizamos un viaje a nuestro vecino país del sur y nada mas llegar al mercado de Rabat, la capital, al pedirles hármel nos vendieron un par de kilos de semillas por unos pocos dirhams, mientras se reían y nos miraban nuestra media melena. Años más tarde nos enteramos de que las semillas pulverizadas y hervidas en aceite de oliva se usan como aceite de masaje para fortalecer el cabello y combatir la alopecia (Rivera y Obón 1991). También nos dijeron, en francés, que mucho cuidado con darle hármel a una embarazada: abortaría de inmediato.


FORMAS DE USO



Para evitar el sabor amargo de las semillas, las pulverizan con un molinillo de café, y las añaden a pasteles, tartas etc., al tostarse mejora mucho su sabor. También puede hacerse un té con 5 a 15 gramos de semillas molidas, se hace una infusión con dos vasitos pequeños de agua y uno de zumo de limón. Se lleva a ebullición revolviendo, al romper a hervir se apaga el fuego, se filtra y se echa el líquido en un vaso. Con el resto vegetal del colador se vuelve a repetir el proceso dos veces y al final se juntan los tres líquidos filtrados y se beben.


Para conseguir un extracto fumable muelen 15 gramos de semillas, las hierven  siguiendo el sistema antedicho y el líquido resultante lo calientan sin que hierva hasta conseguir un residuo sólido, secan este residuo al sol, lo hacen polvo, y se lo fuman mezclado con tabaco. Con 5 gramos de harmala en polvo, tragada a palo seco o, mejor aún, en infusión con agua y limón, hemos sentido relajación profunda con imposibilidad de permanecer en pié, visiones en movimiento de calidad fotográfica con los ojos cerrados y, a veces, embriaguez alegre, sobre todo si se toma en situaciones depresivas. Un conocido médico y escritor nos relató la siguiente anécdota: viviendo en el pirineo un día le visitó un amigo muy entristecido, al parecer se había muerto su padre, entonces se le ofreció una infusión de semillas de Peganum harmala y a la media hora estaban cantando y riendo como si nada hubiera pasado (Mediano 1980). Sin duda estas semillas son un antidepresivo mucho menos tóxico y peligroso -además estimulan la fantasía- que las drogas de farmacia que inhiben la M.A.O. (MonoAminoOxidasa) de forma irreversible (Ott 2006). A la hora de tomar harmala es indiferente los alimentos ingeridos en las últimas comidas, mientras los antidepresivos IMAOs de farmacia están contraindicados con alimentos ricos en fenetilaminas: queso, alcohol, chocolate, etc.


AYAHUASCA EUROPEA


Para hacer ayahuasca, de efectos más duraderos, se mezclan 5 a 10 gramos de corteza de jurema (Mimosa hostilis) con 3 gramos de semillas de harmala, ambas pulverizadas, y se hace una infusión con dos vasitos pequeños de agua y uno de zumo de limón. Se lleva a ebullición revolviendo, al romper a hervir se apaga el fuego, se filtra y se echa el líquido en un vaso. Con el resto vegetal del colador se vuelve a repetir el proceso dos veces y al final se juntan los tres líquidos filtrados y se beben. El sabor es desagradable pero lejos de ser repugnante (Ott 2006). El viaje visionario es demoledor y muy duradero… pero ya hablaremos de la ayahuasca en otro artículo específico.


HÁRMEL: EL GRAN POTENCIADOR


Las semillas de Peganum harmala, por su contenido en harmina y harmalina, neutralizan por breve tiempo una sustancia hormonal que produce el ser humano: la Mono Amino Oxidasa (IMAO, Inhibidor de la M.A.O.) por eso tiene la propiedad de potenciar otras sustancias. Por ejemplo, duplica los efectos de los hongos psilocibios: Con sólo 3 gramos de semillas de hármel basta para multiplicar por dos el efecto de los hongos, también potencia el efecto de los cactus mescalínicos, del LSD, y de las semillas que contienen amida del ácido lisérgico, como la Argyreia nervosa o rosa hawaiana. Internet está repleto de relatos sobre mezclas de hármel con estas sustancias, al parecer con buenos resultados. No obstante se debería tener mucho cuidado mezclando hármel con otras sustancias hasta ahora no probadas: el resultado podría ser fatal.


HARMALA EN ETNOMEDICINA


En la India y Pakistán las semillas de harmala se usan por sus propiedades vermífugas, es decir que eliminan las lombrices intestinales. En Marruecos además se usan como antireumático y antidiarreico (Ott 2000), esto último suponemos será con cantidades muy pequeñas de semillas, ya que con sólo 5 gramos suelen producir diarrea. Las semillas de hármel se usan entre los beduinos y otros pueblos musulmanes como planta emenagoga: para aliviar los dolores y molestias de la menstruación y la falta de regla. Como abortivo sólo la usan en las primeras semanas del embarazo, porque más tarde podría resultar peligroso abortar al producirse desgarros y hemorragias que, según el caso, podrían llegar a ser mortales, además puede provocar esterilidad (Rätsch 2001). Las propiedades sedantes, emenagogas y abortivas de la harmala han sido confirmadas en animales de experimentación (Ott 2000). En la medicina popular hindú estas semillas se usan para aliviar el asma. Un té de semillas dicen que alivia el dolor de estómago y los problemas cardíacos y de ciática. En la universidad de Kansas han demostrado que la harmina actúa como un antibiótico, o sea que mata los microbios, por eso no extraña que en Rajastán (India) usen el humo de estas semillas ardiendo como antiséptico para desinfectar heridas (Rätsch 2001).


PRECAUCIONES


No deben tomar harmala las embarazadas porque provoca la regla y abortarían. Tampoco los que padezcan hipertensión. Si se usan 5 gramos o más suele producir diarrea (sobre todo si se tragan las semillas molidas en lugar de hacer un té bien filtrado), que se puede contrarrestar con “Tanagel” (de venta exclusiva en farmacias). Las nauseas y vómitos que a veces produce, se pueden eliminar con cualquier antivómitos: Novonausin comprimidos, Torecan, Vogalen jarabe.


CULTIVO


Puede crecer en exteriores, en la España seca, sobre tierra seca y arenosa, aunque resultará beneficiada si recibe algo que enriquezca el suelo. Aguanta fuertes sequías. Las semillas germinan bastante bien si se siembran superficialmente en bandejas con la mitad de tierra y la otra mitad de arena, en Abril ó Mayo. Mantén la humedad y ponlas en un lugar cálido con sol un poco filtrado. Regad con moderación, no volviendo a hacerlo hasta que esté la superficie de la tierra seca, las semillas germinadas son muy sensibles al sobreregado. Cuando parezca que ya tienen un sólido tallo, trasplanta a tiestos con mucho cuidado de no romper las finas raicillas. Entierra las plantitas en los tiestos un poco más profundamente que antes. Colócalas a la sombra un rato y riega un poco. Las semillas continuaran germinando incluso años después de ser sembradas. Deberían crecer como plantas de maceta el primer año, colocándose en interiores en otoño. En la siguiente primavera pueden ser plantadas fuera. Conviene filtrar parcialmente el sol directo del mediodía, por ejemplo poniéndolas detrás de una ventana, el cristal filtra los rayos más peligrosos. Mantenlas en un lugar cálido, pues aunque en la naturaleza tienen frescas temperaturas por la noche, eso sucede durante la estación seca. Muchas veces las plantas se secan y mueren aparentemente durante todo el invierno, pero si luego se colocan en un lugar seco, fresco y oscuro, vuelven a la vida en primavera. En su hábitat natural las plantas madre echan cientos de semillas durante todo el verano y el otoño, prosperando relativamente pocas. A menudo germinan muchas para luego morir por razones desconocidas. Las semillas se recogen cuando las cápsulas maduran, y se pueden secar al sol.


RECOLECCION SILVESTRE


No hay nada mejor, para ponerse moreno y hacer ejercicio, que recolectar semillas de hármel en Aragón (en Los Monegros), en los pueblos ribereños del Ebro: desde los aragoneses hasta Tarragona, en la Meseta Central o en las estepas secas de Andalucía oriental, Murcia, Alicante o Valencia. En cada pueblo reciben un nombre distinto: cuentas de burro, escatarrocines, alharma, alhargama, alfármega, garmaza,… En catalán ruda borda o armalà; en euskera: asta bortusaia. Esta planta es muy abundante desde el Mediterráneo occidental y el norte de África hasta India, Mongolia y China. Parece ser que la harmala fue introducida hace algunos años en los campos de Estados Unidos, dónde se ha naturalizado y puede verse en Texas, Nuevo México, Arizona, Nevada, y California (DeKorne 1994).


Crece en lugares incultos, ribazos y escombreras, sobre todo en los páramos secos (Font 2000). Florece a partir de abril y en julio se forman los frutos globosos. Puede verse una Peganum harmala en el jardín botánico de Madrid. Tiene forma de arbusto y alcanza hasta un metro de altura y tallos finos y numerosos. Sus hojas son muy divididas en segmentos estrechos, son de color verde. Las flores son blancas y un poco verdosas en la base. Esta planta tiene un olor característico pero no desagradable.


BIBLIOGRAFIA SOBRE LA PEGANUM HARMALA


Allies, 1997. Detalles para el cultivo de plantas exóticas. Sebastopol, California, USA

DeKorne, Jim. 1994. Psychedelic Shamanism. Loompanics. Washington, U.S.A.

Font Quer, P. 2000. Plantas Medicinales, ediciones Península, Barcelona, pag. 423.

Mediano, Lorenzo. 1985. Comunicación personal del autor de “El secreto de la Diosa”.

Ott, J. 2000 Pharmacotheon. Los libros de la liebre de Marzo. Barcelona. Páginas 196-201

Ott, J. 2003 Revista Cáñamo número 70 Octubre, página 112 “Ayahuasca y pharmahuasca”. Barcelona

Ott, J. 2006. Análogos de la Ayahuasca. Ediciones Amargord. Madrid. info@edicionesamargord.com

Rätsch, C. 2001. Peganum Harmala, la ruda de Siria, páginas 182 a 184 del Especial 2001 de la revista Cáñamo: 50 Sustancias psicoactivas. Barcelona.

Rivera, D. y Obón, C. 1991. La guía de Incafo de las plantas útiles y venenosas de la Península Ibérica y Baleares. Incafo. Madrid. Pág.: 701.

Stark, R. 1981. El libro de los afrodisíacos. Martinez Roca. Madrid.


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PEGANUM HARMALA (HÁRMEL): AYAHUASCA EUROPEA

PIONEROS DE LA DROGOFILIA: EL BARÓN VON BIBRA

 Después de haber dedicado una buena serie de entregas a Albert Hoffman—descubridor de la LSD— y tres a Antonio Escohotado —autor de varios libros sobre sustancias psicoactivas, entre ellas la monumental y enciclopédica Historia general de las drogas—, vamos a tratar sobre los pioneros de la drogofilia. Comenzamos con Ernst von Bibra, un autor que a mediados del siglo XIX ya escribía sobre sus experiencias con el cannabis y otras sustancias conocidas en aquella época. ¡Marchando una pizca de cultura farmacófila!


Plantas Prehispanicas - Salvia Divinorum - Drogofilia


La gran obra moderna sobre los usos y la historia de las sustancias psicoactivas es, sin duda, la Historia general de las drogas de Antonio Escohotado; con permiso de Pharmacoteon de Jonathan Ott, complementaria de la anterior y escrita con otro estilo. No obstante, los maestros actuales tienen sus precursores, como es lógico. Mucho tiempo antes de la publicación de estos dos tratados, otros autores hicieron su aportación al tema. De entre ellos, Louis Lewin, profesor y farmacólogo alemán, suele ser considerado el más importante —con su Phantastika,publicada en el año 1924—;hasta el punto de que Escohotado le considera creador de la psicofarmacología moderna, califica a su obra como “gran libro”, y a su autor como “eminencia indiscutible de su tiempo”.


Sin embargo, Lewin no fue el primero en escribir un tratado sobre drogas, sino que otros autores anteriores abrieron camino y facilitaron su labor. El más notable es el barón Ernst von Bibra (1806 – 1878), cuyo libro, Die narkotischen Genussmittel und der Mensch (Las drogas beneficiosas y el hombre), publicado en 1855, sería el primero de este género si no fuera porque James Johnston, un químico agrícola escocés (1796 – 1855), publicó unos meses antes Chemistry of common life (Química de la vida cotidiana), que es, por tanto, la obra realmente pionera en este campo, en la línea de la de von Bibra, aunque más rudimentaria y con menos detalles.


Un año antes, en 1854, Friedrich Tiedemann, fisiólogo y anatomista alemán (1781 – 1861), había publicado Geschichte des tabaks und anderer ähnlicher Genussmittel (Historia del tabaco y otros productos beneficiosos similares), pero estaba dedicada casi exclusivamente al tabaco. Un tiempo atrás, en la década de 1840, a pesar de no versar sobre drogas y estar centrados exclusivamente en el aspecto químico, Justus von Liebig, científico alemán (1803 – 1873), publicó varios tratados: Die organische Chemie in ihrer Anwendung auf Agrikultur und Physiologie (La química orgánica en su aplicación a la agricultura y la fisiología) y Die organische Chemie in ihrer Anwendung auf Physiologie und Pathologie (La química orgánica en su aplicación a la fisiología y la patología), a los que von Bibra reconoce todo su valor. Dice éste en la conclusión de su libro: “Este tema lo explica muy bien Johnston en su Chemistry of common life, y el tabaco fue tan extensamente tratado por Friedrich Tiedemann que no falta nada por decir sobre la historia del tabaco y su distribución. La parte química, sin embargo, tenía que ser tratada necesariamente con menos exhaustividad. Aunque en este sentido Tiedemann nos ofrece todo lo conocido por la ciencia, muestra lo poco que se ha conseguido en este campo concreto, si tenemos en cuenta su gran relevancia. Sin embargo, no se puede culpar a la ciencia química, ya que apenas ha transcurrido medio siglo desde que se convirtiera en una rama de la ciencia (…) Es bien sabido que Justus von Liebig dio el primer impulso con sus obras”.


Dice Martin Haseneier, experto en la vida y obra de nuestro aristócrata drogófilo, en el prólogo a la traducción inglesa de su libro, que “antes de von Bibra, sólo Justus von Liebig y James F. Johnston habían trabajado con cierto detalle en la fisiología y la química de los estimulantes, aunque de una forma muy rudimentaria”. Y Jonathan Ott comenta en sus anotaciones a este mismo libro: “Aunque el primer volumen de Johnston precedió al libro de von Bibra en dos años, fue el segundo volumen donde trató ‘las drogas con las que nos complacemos’, el cual apareció en 1855 (…) Sin embargo,Die narkotischen Genussmittel und der Mensch era mucho más profundo que la obra de Johnston en lo que respecta a los temas científicos de las sustancias estudiadas, especialmente los detalles fitoquímicos de los principios activos de las plantas”.


De lo que llevamos dicho podemos extraer varias conclusiones. La primera es que Phantastika, de Louis Lewin, no es la obra pionera en este campo, aunque a veces se afirme que sí. La segunda es que Chemistry of common life, de James Johnston, fue el primer tratado general sobre drogas y su uso, con el que este autor habría inaugurado una línea que pasa por Ernst von Bibra, Mordecai Cooke (autor de The seven sisters of sleep, publicado en 1860), Karl Hartwich (Die menschlichen Genussmittel, 1911) y Louis Lewin (Phantastika, 1924), y que termina —de momento— en Ott y Escohotado. Lo que sí debemos reconocer es que el tratado de Lewin es más completo y actual, y que tiene un carácter más riguroso y científico, ya que se publicó en 1924, setenta años después que sus predecesores, cuando las ciencias biológicas estaban ya bastante desarrolladas. Otro punto a destacar es que Lewin establece una clasificación de las distintas sustancias, algo que no intentaron Johnston ni von Bibra.


Sin embargo, Lewin no reconoció el mérito de von Bibra. Martin Haseneier afirma que, si comparamos sus obras, vemos claramente que Lewin conocía la obra de su predecesor, que la había leído y que hizo uso de su información. Sin embargo, nunca citó al barón ni hizo referencia a él, a no ser en el ‘Genussmittel’ del subtítulo (Phantastika – Die betäubenden und erregenden Genussmittel). Escohotado reconoce a Lewin como creador de la psicofarmacología moderna, pero a von Bibra como fundador de la etnobotánica; y comenta que Phantastika es “una obra que debe a von Bibra más de lo que reconoce”. Ignoramos los motivos de esta falta de referencias a su precursor, y posiblemente se aclare el tema si llega a publicarse alguna biografía del farmacólogo alemán. Es cierto que ya habían pasado setenta años desde la publicación de von Bibra, y que estaba prácticamente olvidada, pero eso no es excusa para dejar de citar las fuentes empleadas. Por ejemplo, entre los primeros tratados sobre drogas y la obra de Lewin se sitúa la publicación de Karl Hartwich de 1911, Die menschlichen Genussmittel: Ihre Herkunft, Verbreitung, Geschichte, Anwendung, Bestandteile und Wirkung (Las drogas beneficiosas de la humanidad: Su origen, distribución, historia, aplicación, componentes y efectos), trece años anterior a la de Lewin; y Hartwich sí reconoce el mérito de von Bibra.


 Citemos a otras personalidades que también reconocieron la labor de von Bibra. Richard Evans Schultes, uno de los grandes nombres de la etnobotánica, escribió en The plant kingdom and hallucinogens (El reino vegetal y los alucinógenos): “En 1855, von Bibra publicó el primer libro de su género, en el que trató diecisiete plantas narcóticas y estimulantes. Además, animó a los químicos a que estudiaran un campo tan prometedor para la investigación y tan lleno de problemas aún no resueltos. Una revisión de la literatura científica de la segunda mitad del siglo XIX indica que sus tesis se aceptaron y que inauguró el interés interdisciplinario por los narcóticos. Demostró ser la chispa que originó toda la literatura actual sobre drogas. Medio siglo después, en 1911, apareció otro excepcional libro, pero más amplio y moderno, Die menschlichen Genussmittel, de Karl Hartwich, que describía treinta drogas narcóticas y estimulantes de origen vegetal, y mencionaba de pasada muchas otras. Hartwich señaló que la obra pionera de von Bibra no estaba actualizada, ya que la investigación sobre los aspectos botánicos y químicos de estas plantas psicoactivas prácticamente no había comenzado en el año 1855, y en cambio en 1911 ya se había avanzado mucho”.


Albert Hofmann escribe en LSD, mi hijo problemático: “Este libro es una obra pionera de la literatura sobre drogas, una fuente de primer orden, sobre todo en lo referente al aspecto histórico”. Sigue diciendo Hofmann: “Lo que von Bibra incluye bajo la denominación de ‘narkotischen Genussmittel’ [‘drogas beneficiosas’] no son sólo sustancias como el opio y la datura, sino también el café, el tabaco y el cat, que no entran dentro de la actual clasificación de narcóticos; lo mismo que drogas como la coca, la amanita muscaria y el hachís, que también describió. Son notables, y tan relevantes en la actualidad como en aquella época, las opiniones sobre sustancias psicoactivas que von Bibra escribió hace más de un siglo: el individuo que se excede con el hachís y sale a la calle para enfrentarse a quien se le pone por delante es un caso insignificante comparado con todos los que, después de comer, pasan unas horas tranquilas y felices gracias a una dosis moderada. Y el número de quienes pueden soportar los más terribles esfuerzos gracias a la coca, así como el de quienes se salvaron de morir de hambre gracias a ella, superan con mucho los pocos que han destrozado su salud por culpa de un uso excesivo. Del mismo modo, sólo desde una posición hipócrita se puede condenar la copa de vino del patriarca Noé porque algunos borrachos no conozcan los límites ni la moderación”.


En El dios de los ácidos Hofmann afirma que la investigación de Lewin debe mucho a von Bibra, y que el libro de éste constituye el primer estudio sobre drogas. Hofmann cuenta en este librito de entrevistas que Ernst Jünger le regaló un ejemplar de la primera edición de Die narkotischen Genussmittel und der Mensch. Posteriormente, Hofmann lo cedió a Jonathan Ott para convertirse en el ejemplar utilizado en la traducción moderna al inglés, según cuenta el mismo Ott en las anotaciones a la edición inglesa.


Nos parecen muy acertados los comentarios de Schultes y Hofmann. El gran mérito de von Bibra fue publicar su obra en una época en que comenzaban a desarrollarse las ciencias biológicas; en un momento en que, ya agonizante la visión romántica del mundo, el positivismo empezaba a tomar el control de la investigación científica. En cambio, a comienzos del siglo XX ya se habían logrado grandes avances en numerosos campos y la ciencia positiva era un hecho.


Una nota interesante para poner de relieve la importancia que tuvo en su época es que el filósofo Schopenhauer criticó, en su obra Parerga y Paralipomena, sus prácticas de vivisección de animales. Schopenhauer, desde su postura vitalista, criticaba la experimentación y el sacrificio de animales en nombre de la ciencia, algo común en nuestros días y que von Bibra realizaba para sus estudios farmacológicos.


Un tema relevante para los lectores drogófilos tiene relación con el título, Die narkotischen Genussmittel und der Mensch.‘Genussmittel’ es un término de difícil traducción (palabra compuesta: Genuss = placer; Mittel: recursos, remedios). La traducción inglesa evitó el problema empleando un título muy distinto al original, Plant Intoxicants (Intoxicantes vegetales), y añadiendo un subtítulo para orientar al lector: A classic text on the use of mind-altering plants (Un texto clásico sobre el uso de las plantas que alteran la mente). Ya hemos comentado que una posible traducción del original alemán sería Las drogas beneficiosas y el hombre; von Bibra llama “drogas beneficiosas” al opio, la datura, la coca, el cannabis, e incluso a sustancias que en nuestro tiempo generalmente no se consideran drogas, como por ejemplo el café y el tabaco. Creía que son regalos otorgados por los dioses al ser humano, para aliviar su sufrimiento y reconciliar a los hombres entre sí. En ningún momento critica el uso de las sustancias que describe; y sí defiende su uso racional, lasobria ebrietas romana, mucho más común a lo largo de la historia que los usos inadecuados, los cuales se han incrementado exponencialmente desde que dio comienzo la guerra contra (algunas de) las drogas, utilizando la expresión de Chomsky. Louis Lewin, en cambio, es partidario del uso terapéutico de las drogas, pero no tanto del uso lúdico; y en ocasiones hace valoraciones morales negativas sobre el consumo de psicoactivos.


Con lo que llevamos dicho podemos hacernos una idea de la importancia de von Bibra y su obra, injustamente olvidados. En la próxima entrega ofreceremos su biografía.


Ernst Freiherr von Bibra nació el 9 de junio de 1806 en el castillo de Schwebheim, situado en Baviera, en el corazón de Alemania. Los Bibra eran una familia aristocrática de origen franco, entre cuyos miembros se cuentan personajes históricos tan importantes como Lorenz von Bibra (1459-1519), que fue príncipe-obispo de Würzburg, duque de Franconia y consejero de Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, quien a su vez fue padre de Felipe el Hermoso (casado con Juana la Loca, hija de los Reyes Católicos), y por tanto abuelo de nuestro Carlos I de España (y V de Alemania). Prueba del prestigio del apellido es que hay varias poblaciones alemanas con el nombre de ‘Bibra’, además de un río y un lago.


El padre de Ernst, Ferdinand Johann Wenzel von Bibra, luchó a las órdenes del general Rochambeau en la Guerra de la Independencia Americana, con las tropas enviadas por Francia para ayudar a los independentistas en su lucha contra los británicos. Ferdinand se casó con su sobrina,Lucretia Wilhelmine Caroline von Bibra, y el protagonista de nuestra historia fue el único hijo del matrimonio.


La familia llevaba una vida fácil y más bien lujosa, aunque su riqueza iba declinando con el paso del tiempo, típica situación de los nobles venidos a menos. A comienzos del siglo XIX aún conservaba parte de sus propiedades, y fue a finales del XIX y comienzos del XX cuando muchos de sus miembros emigraron a Estados Unidos o Australia en busca de mejor suerte.


El padre de Ernst murió cuando éste tenía poco más de un año. A partir de ese momento, el barón Christoph Franz von Hutten se hizo cargo de él y lo crio en su casa de Würzburg, donde existía un estupendo museo, que sin duda influyó en sus inclinaciones artísticas.


A los dieciocho años, tras la muerte de un tío, heredó el municipio de Schwebheim. También heredó de su familia parte del castillo y del municipio de Willershausen, que vendió años después. (Recordemos que hasta 1871, año de la unificación, Alemania no existía como tal y era un rompecabezas de pequeños estados, principados y ducados, cada uno de ellos formado por entidades más pequeñas, en muchos casos regidas al estilo feudal). Desde entonces hasta el final de su vida, los ingresos procedentes de sus propiedades le permitieron dedicarse a sus estudios, investigaciones, libros, aficiones y viajes.


A los diecinueve años se graduó en la escuela-internado de Neuberg y comenzó a estudiar leyes, química y medicina en la Universidad de Würzburg, pero pronto abandonó el Derecho y se dedicó a las otras dos disciplinas. Los testimonios biográficos le describen como un hombre atractivo, con carisma y gran talento artístico. Ciertamente, debió de ser un caballero con un ligero toque aristocrático y romántico muy propio de la época, ya que se batió en cuarenta y nueve duelos de honor, y tuvo que ser un experto duelista porque llegó a la edad de setenta y dos años.


Plantas Prehispanicas - Salvia Divinorum - Drogofilia2


En 1836 se casó con Josephine Pickel, perteneciente a una familia de la burguesía de Würzburg, lo cual dice mucho sobre su carácter poco conservador, ya que por aquel tiempo aún no estaba bien visto que un noble se casara con una persona del pueblo llano. Tuvieron cuatro hijos, de los cuales falleció uno. Ya casado y con familia, montó su propio laboratorio de química en el castillo de Schwebheim. Su primera obra fue sobre química médica: Análisis químico de diferentes tipos de pus y otras sustancias patológicas: Una contribución a la química patológica. Poco después, haciendo gala de su diversidad de intereses, escribió un libro sobre historia del arte, en cinco volúmenes: Monumentos artísticos en Alemania, desde los primeros tiempos hasta la actualidad.


En 1846 se mudó a Nuremberg. En 1847 publicó, junto con Lorenz Geist, una obra sobre las enfermedades de los trabajadores expuestos a los vapores de fósforo, por la cual la Academia Francesa de Ciencias le concedió el Premio Montyon.


En 1849 emprendió un largo viaje por Sudamérica, al estilo de Darwin. Las observaciones registradas fueron útiles para sus libros Reise in Süd-Amerika (Viaje a Sudamérica, 1854) y Die narkotischen Genussmittel (Las drogas beneficiosas, 1855).


Su viaje también le sirvió para ampliar su museo privado, hasta el extremo de tener que comprar una casa nueva en 1851. Otra prueba de su amor por el arte es que fue uno de los cofundadores del Museo Nacional Germánico (año 1852), al que donó parte de su colección. Permitía a todo el mundo visitar su galería, siempre que no interfiriera con su vida y sus trabajos. Incluso monarcas como el rey Maximiliano II de Baviera y Federico Guillermo de Prusia fueron a contemplarla.


Recibió muchos premios por su labor. Por citar sólo algunos de ellos, en 1844 la Academia Leopoldino-Carolina Alemana de Ciencias le eligió como miembro y le concedió el sobrenombre de ‘Paracelso III’. El rey Federico Guillermo de Prusia le impuso una medalla a comienzos de la década de 1850 por sus contribuciones al arte y a la ciencia. El zar de Rusia, Alejandro II, le envió un anillo de diamantes por su libro Los tipos de granos y el pan. Asimismo, fue miembro de la Real Academia de Ciencias de Munich y de la Academia Imperial y Real de Ciencias de Viena. Hasta su muerte fue uno de los editores de la revista Gaea, Natur und Leben (Gaea, naturaleza y vida). En sus últimos años de vida prefirió dedicarse a escribir obras de ficción, especialmente novelas, con las que obtuvo un gran éxito. Murió el 5 de junio de 1878 en Nuremberg, unos días antes de cumplir setenta y dos años.


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PIONEROS DE LA DROGOFILIA: EL BARÓN VON BIBRA

sábado, 15 de marzo de 2014

CACTUS SAN PEDRO

El cactus San Pedro es sin duda una de las plantas mágicas más antiguas de Sudamérica: se usa desde hace más de 3.300 años. Conocido con el nombre botánico de Trichocereus pachanoi, es un cactus columnar de color verde azulado, de rápido crecimiento, y que puede llegar a alcanzar los seis metros de altura creciendo a un ritmo de hasta cuarenta centímetros anuales. Su altura máxima es de doce metros.


Plantas Prehispanicas - Salvia Divinorum - Cactus San Pedro



Los brazos del cactus, que pueden presentar de 4 a 8 costillas, llegan a tener diez centímetros de diámetro cuando el cacto es mayor de siete años; los ejemplares de cuatro costillas son especialmente apreciados por los chamanes, simbolizando estas cuatro costillas los cuatro puntos cardinales. Por lo general los ejemplares maduran a los 7 años y pierden las espinas, como si quisieran indicarnos que ya están listos para formar parte de una poción mágica, mientras que en los ejemplares jóvenes éstas aparecen en número de 3 a 7, llegando a medir 2 cm de longitud. Cuando el cactus alcanza cierta altura empieza a ramificarse convirtiéndose en una especie de candelabro, esto permite cortar varios esquejes de un solo cacto. Crece y se cultiva en Ecuador, Perú, Bolivia y el norte de Argentina, tanto en regiones costeras como en los Andes. Cuando los españoles invadieron Perú el uso ritual curativo y mágico-espiritual del cactus San Pedro estaba muy extendido. Hoy permanece y se extiende su uso más allá de sus fronteras naturales.



MESCALINA: más DEL 5%


Se han hecho cinco análisis químicos de San Pedro seco  y sus resultados fueron: 0,1%, 0,331%, 0,357%, 2% y 2,375%. Un San Pedro puede ser 23 veces más potente que otro. Se sabe que para que contenga mucha mescalina el cacto debe cosecharse tras su florecimiento a los siete años (Tsamani 2005) y que el  último año debe ser de sequía completa. Además el cacto más joven pero con más de seis años tiene más mescalina que los ejemplares viejos, según el especialista Manuel Torres (Rätsch 2005), y por supuesto hay especies, variedades o razas de San Pedro más fuertes que otras, como el Trichocereus peruvianus que es de 3 a 10 veces más potente según Turner y Montgomery, aunque un análisis sólo encontró un 0,82% de mescalina (Pardanani 1977).


Pero si se toma sólo la parte verde del cactus, y dado que el interior es una pulpa blanca que carece de mescalina, análisis hechos en USA encontraron más de un 5% de mescalina en tejido verde seco de peruvianus pelado (Torres 2007).


Además de mescalina el San Pedro contiene otras beta-fenetilaminas como la dimetoxi-B-fenetilamina, hordenina, y anhalonidina.


CULTIVO A PARTIR DE SEMILLAS


Es de fácil cultivo y de crecimiento muy rápido unos 20-30 cm. de altura por año, en el caso de un pachanoi maduro, por lo que se necesita un jardín o invernadero grande si se quiere que complete su desarrollo, alcanzando hasta 6 metros de altura. Para germinar las semillas de San Pedro usa tierra para cactus o arena de río. En las jardinerías venden tierra para cactus, la marca “Compo Cáctea” es ideal. Si se cultiva en tiestos, mejor los de arcilla. Al principio de la primavera, echa las semillas sobre la tierra. Cúbrelas con una fina capa, 1 mm., de tierra o arena, lo mejor es poner tierra dentro de un colador, y espolvorear por encima de las semillas. La mejor manera de regar es por absorción, o sea colocando el tiesto en una cubeta con agua y dejando que la tierra vaya absorbiendo el agua hasta quedar totalmente húmeda. También se puede regar con pulverizador hasta que la tierra este húmeda. Deja evaporar el agua 3 días, antes de tapar el tiesto con plástico transparente agujereado con un alfiler y sujetado al tiesto con una goma, así retienes la humedad y permites la ventilación. Pon el tiesto dentro de casa, a la sombra, en una habitación con una temperatura constante de unos 22°C el primer año. Germinarán en una o dos semanas un 15-25% de las semillas. Si germinan varios cactus muy juntos habrá que trasplantarlos cuando cumplan un año, separando cuidadosamente las raíces para no dañarlos. En un año pueden llegar a 1,2 cm. de altura, y quizás 2,5 cm. después del segundo año. Si ves que le salen manchas de hongos riega con un fungicida sistémico. Tardan unos 7 años en madurar por completo floreciendo, y se debe ir trasplantando, en primavera, cada dos años a macetas mayores cada vez. A partir de los cinco años puede crecer una media de 20 a30 centímetros al año.

Cuando es mayor el San Pedro es un cacto duro, resiste hasta -8 grados, y requiere el máximo de luz. Soporta los rayos directos del sol, pero después de aclimatarse. Cuando los cactus estén demasiado grandes para un tiesto o los trasplantes, puedes, para no dañar las raíces, sumergir el tiesto en agua, y dejar que la tierra se disuelva, separándose de las raíces. Antes de replantar espolvorea con tierra seca. Conviene regar todos los días si hace calor o está dentro de casa. Después, de noviembre a febrero riégalo a diario pero poco. Tras cada riego hay que comprobar que la tierra se ha secado bien antes de regar de nuevo. El riego excesivo, sobre todo con mucho frío, puede pudrir las raíces. La temperatura ideal nocturna es de 5 a10ºC, por el día 20 ºC. El San Pedro aguanta bien la sequía y no se pudre fácil en caso de alta humedad. Hay que abonarlos una vez al mes en primavera y verano con un fertilizante líquido para cactus que no tenga demasiado nitrógeno (el exceso de éste elemento debilita el tejido del cacto abriendo la puerta a enfermedades y plagas).



CULTIVO A PARTIR DE ESQUEJES


El cultivo a partir de esquejes es más sencillo, agarran con rapidez. Con un esqueje de unos 15 cm de largo ya  basta para asegurar el rápido crecimiento de la nueva planta (la planta madre de la que se sacó el esqueje echará nuevos brotes alrededor de la sección cortada, siempre que dejemos un mínimo de 5 cm de longitud del brazo cortado). El corte debe ser un corte limpio y plano. Es muy importante dejar secar la sección del esqueje durante unas dos semanas en un lugar fresco y seco, antes de colocarlo de nuevo en tierra, pues de lo contrario al plantarlo podría pudrirse con facilidad. Si cuando la sección aun está fresca la espolvoreamos con hormonas de enraizamiento aceleramos en gran medida el proceso. Pasadas estas dos semanas colocaremos el esqueje en un tiesto enterrándolo a unos 2 a5 centímetros de profundidad, si no se sostiene puede colocarse una guía para sujetarlo verticalmente (Ruiz 1998). Es importante No regar durante unos días, después regaremos la tierra regularmente. También es importante colocar el esqueje en un lugar sombreado para evitar que pierda mucha agua por un exceso de temperatura. La época más indicada para esquejar es de abril a agosto (Ruiz 1998). La tierra más idónea para plantar los esquejes será la tierra para cactus de jardinería, la ya mencionada “Compo cactea”. Los ejemplares maduros de San Pedro agradecen un riego generoso durante la época de crecimiento (de la primavera al otoño), una tierra rica en nutrientes minerales y mucho sol.



Plantas Prehispanicas - Salvia Divinorum - Cactus San Pedro2



FORMAS DE USO Y RECETAS


El cactus San Pedro tiene una piel exterior transparente que parece plástico. Si se retira esta primera capa aparece la piel verde superficial, y si se pela esta piel como si fuera un pepino se verá que hay una médula de color blanco que carece de mescalina. En la primavera del séptimo año de vida del cacto florece al anochecer. Es el momento de cosechar el tejido verde y secarlo para que ocupe menos y poder conservarlo indefinidamente manteniendo su potencia. Se suele cortar una punta de 7,5 a50 centímetros de largo por 7 a 10 de diámetro, según la potencia del cacto y la intensidad del viaje deseado. Esto es entre 350 y 750 gramos de cactus fresco, que al secarse queda muy menguado.


La cantidad por persona de tejido verde seco varía entre un mínimo de 14 gramos para un viaje suave; unos 25 a35 gramos para una toma moderada, y de 35 a50 gramos para un potente viaje visionario de hasta 18 horas de duración.


El tejido verde seco troceado se pone en una olla grande con el triple de agua que de san Pedro. Se tapa y se deja hervir unas 6 o 7 horas. Cuando ha hervido unas 3 horas se echan 200 gramos de azúcar integral de caña, después se echa el jugo de un limón. Cuando el agua casi se haya consumido, cuando esté el agua un dedo o dos por debajo de la pulpa de san Pedro, entonces se filtra bien con un filtro de tela. Exprime bien, porque la pulpa retiene mucha agua. Conviene filtrar varias veces para eliminar la sustancia gelatinosa. Si se quiere guardar el líquido filtrado, se deja enfriar, se echa en una botella y se mete en la nevera, pero es mejor beberlo pronto o se acidificará un poco. Es útil chupar un limón tras beber San Pedro para que la boca no se quede amarga. Si primero se muele el tejido verde seco hasta pulverizarlo, basta con hervirlo un cuarto de hora en agua y el zumo de un limón, después se filtra varias veces con un filtro de tela. Los que toleran el sabor amargo se beben este líquido filtrado, otros prefieren que el líquido hierva un poco más hasta que al filtrarlo solo quede reducido a una especie de alquitrán. Este alquitrán de mescalina lo secan, lo pulverizan y lo meten en cápsulas de gelatina vegetal de venta en farmacias, así evitan el sabor amargo y hay que tragar menos cápsulas que si fueran de simple tejido verde seco molido. Aún y todo hay que tomar varias cápsulas para volar.


Caramelos de cactus se hacen machacando el tejido verde fresco, o seco re-hidratado con un poco de agua, en un mortero y añadiendo miel hasta que sea una pasta verdosa con la que se hacen bolitas pequeñas que se envuelven en trozos de trapo que se cuelgan hasta que se sequen y endurezcan. Así pasan bien al tragarlas, aunque luego vendrán los retortijones de estómago. Tras una a cuatro horas desde la ingestión se empieza a ver el aire y se entra en lo sagrado, se nota una sensación de que la vida aún es hermosa, se entra en el mundo de los espíritus, todo se relaciona con todo.


EFECTOS


Como muchos dicen, “con los cactos mescalínicos la resaca precede a la ebriedad”. Entre una y cuatro horas después de ingerirlos se puede sufrir uno o varios efectos secundarios desagradables: náuseas, vómito, mareo, sudoración, palpitaciones, dolores de estómago, pecho, cuello y cabeza, temblores y destemple (sensaciones de calor y frío), necesidad urgente de orinar, y malestar general. Algunas personas sienten como que están al borde de la muerte, con gran ansiedad y temor…pero esta fase pasa y nadie se muere, al contrario es vivificante y renovador, se siente euforia, alegría y exaltación, felicidad y ensoñaciones, fantasías agradables, visiones, distorsión de las percepciones sensoriales, sinestesia y ánimo contemplativo. Las visiones son lo más impresionante pero no todas las personas las tienen. Los pensamientos y las imágenes surgen a toda velocidad durante ocho a diez horas, aunque pocos dicen haber sentido cansancio. Tanto con mescalina como sin tomar nada a veces sentimos una sensación de irrealidad y sinsentido, que puede ser desagradable y alarmante al perderse los habituales puntos de referencia ordinarios. El efecto puede parecer mágico y cómico, pero siempre es muy intenso y extraordinario. La mescalina produce sentimientos e ideas de profunda significación, todo parece infinito y maravilloso, todo se relaciona con todo, sentimientos de unidad con el todo inundan el alma. Las mejores descripciones de los efectos de la mescalina están en el conocido y mil veces citado libro “Las puertas de la percepción” (Huxley 2004).


Plantas Prehispanicas - Salvia Divinorum - Cactus San Pedro2


 OBTENCION Y LEGALIDAD


Aunque la mescalina está prohibida, el cacto San Pedro es legal y se vende en viveros, jardinerías y tiendas de cáñamo. También puede comprarse cortado en trozos, en los mercados peruanos como el de los brujos de Chiclayo (norte de Perú). Un amigo que viajó a Perú nos contó que a la vuelta, en la aduana española un policía tomó entre sus manos el trozo de San Pedro y lo agitó como para ver si tenía algo dentro. Nuestro amigo pasó la frontera sin problemas, con su brazo de san Pedro. El mercado etnobotánico sirve tanto semillas como incluso tejido verde seco de Tricocereus pachanoi y de peruvianus. Hace unos años la policía entró en varias tiendas de cáñamo y se llevó peyotes y san Pedros menores de 5 años para –supuestamente- “analizarlos”. Todos los análisis dieron negativo en mescalina, porque como ya sabrán los expertos de la policía científica, estos cactos solo biosintetizan la sustancia a partir de los 5 años. Pero las tiendas vieron sus cactus destrozados y no recibieron indemnizaciones. Por otra parte, los viveros y tiendas de jardinería que venden estos cactus solo con el nombre científico en latín, NO recibieron la visita de nuestros protectores. Así funciona el Estado ¿democrático?. La inseguridad jurídica es total.


 BIBLIOGRAFIA


Carrasco, Iván. 2000. “La receta de la Lupe”. Cáñamo 36 diciembre pgs. 75-76


Huxley, Aldous. 2004. Las puertas de la percepción. Edhasa. Barcelona.


Gállego, José T. 2001. Trichocereus spp. Cáñamo nº44 agosto, pgs. 94 a 96.


Pardanani y McLaughlin, 1977. Cactus Alkaloids XIX. Mescaline and related compounds from Trichocereus peruvianus. Lloydia 40(6): 585-590.


Rätsch, C. 2005. The encyclopedia of psychoactive plants. Ethnopharmacology and its applications. Park Street press. USA


Ruiz, Oscar. 1998.  “Cultivo y preparación del San Pedro”. Mundo High nº 5, pgs. 86-88.


Sacramento, K. 1998. Cultivo del San Pedro. Cáñamo nº 7 páginas 60-61.


Tarinas, J. 1998. Preparación del San Pedro. Cáñamo nº 8 julio-agosto, página 57.

Torres, Sebastián, 2007. Comunicación personal.


Tsamani, Kajuyali, 2005. “Ahuakulla, el cactus de los mil colores”. Cáñamo nº87 marzo, página 100.



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CACTUS SAN PEDRO

domingo, 2 de marzo de 2014

El comedor de hachís – Vida y obra de Fitz Hugh Ludlow

El comedor de hachís – Vida y obra de Fitz Hugh Ludlow


Por J. C. Ruiz Franco


 



Plantas Prehispanicas - Salvia divinorum - Fitz Ludlow

Fitz Ludlow




Libro sobre el comedor de hachís



Fitz Hugh Ludlow, un norteamericano que vivió a mediados del siglo XIX, simboliza las virtudes y los posibles peligros del cannabis. Un joven nacido en Nueva York de sólo diecisiete años se dedicó a comer, día tras día, durante un período de varios meses, grandes cantidades de hachís. El lector sabe bien que no es lo mismo fumar cannabis que ingerirlo; que por vía oral suele ser más potente y aumenta la posibilidad de efectos adversos. Además, no se trataba de ese hachís que se vende en la actualidad, normalmente procedente de Marruecos, que se elabora con plantas macho y plantas hembras, que lo que menos contiene es resina de cannabis y se suele cortar con goma arábiga, restos de otras plantas, cera, aceites, etc. Nada de eso: era una de las potentes presentaciones que existían en aquella época anterior a la prohibición de las sustancias psicoactivas.


Las cantidades que Ludlow ingería eran “heroicas”, afirmaban sus coetáneos y los comentaristas de su obra. Y con la ingestión continuada del extracto de la divina planta sucedió lo que tenía que suceder: un joven con un enorme talento literario vio disparada su imaginación, visitó países exóticos sin moverse de su ciudad, caminó por los más maravillosos paisajes sin levantar un pie y redactó hermosos escritos cargados de fantasía. Así transcurrieron algo más de dos años, con su preceptiva toma diaria de hachís durante varios meses seguidos. En cierto momento, ya preocupado por una dependencia que le resultaba imposible abandonar —no porque existiera adicción física, imposible con el cannabis, sino porque le dolía dejar su mundo de ficción y volver a contemplar la mediocre realidad—, y bajo los efectos de la droga decidió escribir primero un artículo y después un libro sobre el tema. Las obras estaban destinadas al público, a modo de confesión, para que los lectores evitaran caer en el mismo problema; pero también a sí mismo, para expresar sus vivencias, describir sus pautas de consumo y facilitar la tarea de dejar el hábito. De este modo legó a la posteridad El comedor de hachís, libro que escribió de un tirón, sin corregir casi nada de lo que salía de su pluma: un verdadero frenesí cannábico en todos los sentidos, tanto en el contenido como en la forma.


Resulta interesante que en el período de unos cuantos años coincidan los pioneros de la literatura cannábica. En 1839, William Brooke O’Shaugnessy publicó “On the Preparations of the Indian Hemp, or Gunjah”. En 1843, Francois Lallemand publicó, bajo el seudónimo de ‘Germanos’, su libro Le hachych, el primer texto que utiliza el hachís como argumento principal de una narración. El libro se hizo muy popular, el autor lo reimprimió varias veces, y en esas ocasiones sí lo hizo con su nombre. Théophile Gautier publicó el artículo “Le hashish” en 1843. El doctor Jacques-Joseph Moreau publicó Du Hachisch et de l’Alinéation Mentale: Études Psicologiques en 1845. Gautier publicó el artículo “Le Club des Hachichins” en 1846. En 1854, el viajero escritor Bayard Taylor publicó The Lands of the Saracen, donde se incluía el capítulo “The vision of hasheesh”; en 1856, mismo autor publicó anónimamente el artículo “The hasheesh eater”, que tanto influyó en Ludlow. A finales de ese mismo año Ludlow publicó el artículo “The apocalypse of hachis”, y en 1857 el libro The hasheesh eater. En el mismo año, el doctor John Bell publicó “On the Haschisch or Cannabis Indica”, y en 1860 Baudelaire publicó Los paraísos artificiales. La lista continúa durante los años siguientes, pero basta esto como muestra.


Dejémonos de digresiones históricas y vayamos con nuestro protagonista. Fitz Hugh Ludlow nació el 11 de septiembre de 1836 en Nueva York, segundo hijo de la pareja formada por Henry Ludlow y Abigail Welles (el primer hijo de la pareja murió a los pocos días de nacer). El padre, el reverendo Henry G. Ludlow (1797-1867), había estudiado Teología en la Universidad de Yale, era ministro de la iglesia presbiteriana, decidido partidario de la abolición de la esclavitud y miembro del Amistad Committee de Nueva York, entidad que ayudaba a los esclavos a conseguir la libertad. En aquella época era tan poco popular ser abolicionista en los Estados Unidos que, unos meses antes del nacimiento de nuestro protagonista, una multitud entró en la casa de su familia, expulsó a su padre y a su madre, y la destrozó por completo. Su posición convertía a Henry en blanco frecuente de los ataques de los esclavistas.


Además del altercado en su casa, una de las iglesias donde predicaba fue parcialmente destruida en 1834, durante una noche de furia antiabolicionista. Para nuestra historia es más importante saber que era también miembro de la American Temperance Society, una organización dedicada a difundir los principios de la abstinencia del alcohol, y en sus sermones criticaba el consumo de opio y bebidas alcohólicas.


 La American Temperance Society fue fundada en Boston, en 1826, en medio de un ambiente puritano que propició un renovado interés por la religión y las buenas costumbres. En sólo doce años ya contaba con 8.000 organizaciones locales, más de un millón y medio de miembros y dieciocho publicaciones periódicas. Aunque al principio sólo preconizaba la moderación, después pasó a fomentar la abstinencia completa, y más tarde a presionar al gobierno para que tomara la decisión de prohibir el alcohol, medida que consideraban la receta mágica para acabar con la pobreza, el crimen y la violencia. De hecho, fue uno de los movimientos que influyeron en el establecimiento de la Ley Seca y el control de las drogas a partir de comienzos del siglo XX. Volviendo a la religión, Henry sintió la vocación del sacerdocio en la época del llamado Second Great Awakening (Segundo Gran Despertar), que dio lugar a numerosas nuevas sectas cristianas, entre ellas los adventistas y los mormones, creadas con el objetivo de remediar los males de la sociedad antes de la segunda llegada de Cristo. Hasta ese momento, el todavía joven Henry no había sido precisamente un cristiano ejemplar, pero su conversión fue especialmente intensa.


Esa misma conversión después de una vida disipada la había experimentado su padre, Daniel Gilbert Ludlow, abuelo de nuestro protagonista, quien en su juventud consumía grandes cantidades de licor y pecaba de otros excesos; y en cambio en su madurez fue considerado un excelente cristiano, además de uno de los pioneros del movimiento de abstinencia del alcohol, antes de la creación de la American Temperance Society. Como ya veremos, esta contradicción también estuvo presente en ciertos momentos en Fitz Hugh, muy influido por su padre desde la infancia. Varias anécdotas ilustran este punto: el joven arengaba a sus compañeros de escuela al estilo retórico de su padre, dirigiendo invectivas contra los partidarios de la esclavitud y los consumidores de licor (lo cual le valió más de una paliza, dicho sea de paso). En claro contraste con su deseo de pasar por predicador, la familia siempre contaba una pequeña historia para explicar su inclinación por las drogas: con dos años trepó a la mesa y comió una gran cantidad de pimienta cayena (pimienta roja o chile en polvo, muy picante) del recipiente espolvoreador.



Poco después de nacer Fitz Hugh, la familia se trasladó a Poughkeepsie, localidad del estado de Nueva York donde transcurrió la infancia de nuestro amigo. El padre le educó en casa y le enseñó los clásicos griegos y latinos en su lengua original. Se sabe poco de esta etapa de su vida, y lo que nos ha llegado es gracias a los comentarios de sus propias obras y a las cartas que se conservan de la familia. Era muy pequeño cuando comenzaron sus problemas médicos, que aparecerían de forma intermitente durante toda su vida. Su debilidad física y mala salud pronto le apartó de las actividades habituales en los niños y se refugió en los libros. Con doce años se le detectó una fuerte miopía y le pusieron gafas, lo cual le separó aún más de los otros chicos, que se reían de su apariencia. Ya en el colegio dio muestras de su gran talento para la literatura, y con once años escribía poemas que parecían compuestos por un adulto. Se le daban bien todas las asignaturas, excepto las matemáticas, por las que sentía cierta aversión. Antes de comenzar los estudios universitarios había leído los clásicos griegos y latinos conocidos en su lengua original, y era uno de los favoritos de los profesores por sus dotes artísticas.


La madre, Abigail Woolsey Wells, ejerció mucha menos influencia en el niño y murió cuando él tenía trece años a causa de una larga dolencia pulmonar, probablemente tuberculosis. Dave Gross, biógrafo de Ludlow, comenta que haber visto a su madre sufrir durante tanto tiempo pudo llevarle a obsesionarse con la condición mortal de la humanidad, tema frecuente en sus escritos.


El padre de Fitz Hugh volvió a casarse veinte meses después de la muerte de su esposa. Su nueva mujer se llamaba Marie Tappen, de treinta y tres años, veinte menos que Henry. El anuncio del enlace no fue del agrado del niño, y en este momento inició una etapa de comportamiento rebelde que le llevó a cambiar varias veces de colegio. Justo antes de la boda su conducta pareció normalizarse y publicó su primer poema, “Truth on his travels” (“La verdad en sus viajes”) en el College Hill Mercury, una revista estudiantil del colegio de Poughkeepsie, el 30 de diciembre de 1850. A partir de los catorce años, y hasta que comenzó sus estudios universitarios, estudió en el Seminario Burr, de Vermont.


En el año 1853 es cuando comienza de verdad nuestra historia. Con diecisiete años, poco antes de iniciar sus estudios superiores, impulsado por el interés que mostraba por la medicina —a la que se sentía inclinado por su carácter hipocondríaco—, se hizo amigo del boticario de su ciudad —un tal Mr. Anderson—, un acontecimiento que decidiría su destino. El enfermizo joven pronto probó casi todo lo que había en la rebotica, lo cual le permitió experimentar con una amplia variedad de sustancias. Él mismo escribió años después que su propósito era la investigación y no el placer, por lo cual no adquirió hábito alguno. Cuando había probado todas las drogas disponibles, abandonó sus ensayos. No obstante, una mañana de la primavera de 1854 entró en el establecimiento para hacer su visita diaria y pudo ver que Mr. Anderson había adquirido varias sustancias nuevas, entre ellas una etiquetada como Cannabis Indica, que el boticario describió como una preparación de una hierba de la India, indicada para casos de tétanos. El joven pudo observar un extracto de color marrón verdoso y olor aromático, y al intentar coger un poco su amigo se lo impidió diciéndole a gritos que era un veneno mortal. Pero Ludlow era ya un voraz lector, así que se dirigió a la biblioteca de la botica para consultar un libro recientemente publicado —Chemistry of Common Life, de James Johnston— y saber si era verdad lo que su amigo decía sobre esta droga desconocida para él.


El joven Fitz Hugh leyó con avidez la información que Johnston ofrecía sobre el cannabis en The Chemistry of Common Life, y así pudo saber que se trata de una planta elogiada y utilizada por muchos pueblos orientales debido a sus propiedades embriagantes, que llegó a las colonias norteamericanas en el siglo XVIII, que tenía muchas aplicaciones prácticas y terapéuticas, y que el primer presidente, George Washington, la había cultivado. Johnston explicaba que en la savia hay una sustancia resinosa a la que se deben sus propiedades embriagantes. En la obra también se incluía una historia de la planta y una descripción de sus efectos.


Estimulado por tan interesante explicación, nuestro amigo decidió añadir el hachís a su lista de drogas, así que, ni corto ni perezoso, cogió un trozo de unos dos tercios de gramo y lo tragó; sin embargo, la dosis resultó ser demasiado baja y no llegó a notar efecto alguno. Unos días después tomó alrededor de un gramo y tampoco sucedió nada. Lo mismo pasó con la misma cantidad una semana más tarde. Convencido de que era inmune a esta sustancia, unos días más tarde ingirió dos gramos y acudió a visitar a un amigo. Al transcurrir tres horas sin notar efectos pensó que tampoco en esa ocasión ocurriría nada, pero la droga finalmente anunció su presencia llamando a las puertas de su mente. Como él mismo contaría años después en The hasheesh eater, lo primero que sintió fue miedo y arrepentimiento por haberla ingerido.


 No le dolía nada, pero había algo extraño en su interior. Estaba rodeado de personas, pero se sentía solo. Parecía como si su entorno estuviera muy próximo a él y a una gran distancia, simultáneamente. Los estímulos le afectaban mucho más de lo habitual. El tiempo y el espacio se habían dilatado. Podía hablar sin problemas, pero su voz no parecía la suya; era otra persona quien hablaba, lo que hoy llamaríamos un estado de disociación. Sentía que una parte de él escapaba de su cuerpo y observaba desde fuera cómo se comportaba en estado de embriaguez. Para evitar que sus acompañantes se dieran cuenta, se despidió de ellos y se fue. El camino a casa estuvo repleto de hermosas visiones, excepto un momento en que vio o creyó ver un hombre con una cara horrorosa. Como nunca se había encontrado en esa situación, ni sabía tampoco nada por medio de otras personas, se sentía perdido en un mundo nuevo para él y decidió acudir a un médico. Éste le tranquilizó, le dijo que no le iba a pasar nada y le dio un sedante para que pudiera dormir tranquilo.


Al día siguiente se despertó sin ningún dolor, resaca ni abatimiento, y prometió no volver a repetir su experimento, pero unos días después, al ver que no le había perjudicado —al contrario, se sentía con mucha energía—, se vio de nuevo atraído hacia ese mundo de fantasía que había descubierto: “Sin duda, en algunas personas esta droga produce una depresión física y mental a modo de reacción, pero no fue así en mi caso (…) Si después del primer experimento hubiera sufrido un estado de depresión, seguramente nunca lo habría repetido (…) No lo hice por ningún tipo de satisfacción sensual. Los motivos para caer en el hachís fueron de lo más ideales, ya que de carácter ideal son también su embriaguez y sus revelaciones (…) Caí en él, además, sin darme cuenta de lo que hacía. En cien millas a la redonda no había un alma viviente que pudiera advertirme del peligro. Finalmente, caí sin saber que caía, ya que atribuí mi siguiente ensayo al deseo de investigar”.



Como vemos, su primera experiencia le resultó sumamente atractiva, y unos días después de su primer contacto ingirió 1,5 gramos de hachís. Unas horas más tarde, estando con un amigo, vivió los efectos de la sustancia por segunda vez, y de nuevo entró en un mundo fantástico, lleno de hermosos paisajes y de bella literatura: “Me sentí golpeado por la embriaguez del hachís como si un me hubiese caído un rayo. Aunque sólo había sentido sus efectos una vez, el aviso de su llegada me era tan familiar como las cosas de mi vida diaria. Muchas veces me han pedido que explique la naturaleza de esa sensación, y a menudo he intentado hacerlo, pero no hay nada parecido que pueda representarlo perfectamente, ni siquiera de manera aproximada. Lo más parecido a esa sensación es nuestra idea de la separación del cuerpo y el alma (…) Las palabras que todo el mundo utiliza para cualquier fenómeno extraño son: ‘no son más que imaginaciones’. Es cierto, era una cosa imaginada, aunque para mí, con los ojos y los oídos completamente abiertos, era algo tan real como todo lo que nos rodea”.



Ludlow se aficionó al hachís por el fantástico mundo al que le permitió acceder, tan querido a su mente libresca. Llegó a abusar de esta sustancia por puro idealismo. Una persona formada en los libros, no en la vida, con esa sensibilidad artística y ese talento literario, creó un mundo propio mucho mejor que el de la realidad cotidiana, un cosmos más estético y más racional. El mundo habitual le parecía claramente inferior, una especie de parodia de su fantástico universo interior: odiaba las flores reales porque en sus visiones cannábicas había visto el jardín del Edén, maldecía las piedras porque no hablaban, y renegaba del cielo porque cuando llovía no sonaba a música… Adoraba al hachís no tanto por sus efectos psicoactivos, sino porque le permitía escapar de un ambiente gris y apático, y sabía que ninguna otra cosa le permitiría lograr esto.


Ludlow pasó muchos meses bajo la influencia continua del hachís, en un prolongado estado de exaltación. Las visiones generadas por una toma de la droga se combinaban con las de la anterior, que aún no habían desaparecido. Como él mismo escribió, no necesitaba desplazarse a sitios lejanos para viajar y contemplar los más hermosos paisajes. La sustancia era una gran ayuda para su hipertrofiado espíritu creativo. Los pensamientos, narraciones y descripciones se sucedían a tal velocidad que le resultaba difícil escribirlos. Por sólo unos centavos podía sacar un billete para hacer una excursión por todo el mundo: barcos, dromedarios, tiendas de campaña en el desierto… todo eso podía encontrar dentro de una botella de extracto de hachís.


¿Qué hachís tomaba Ludlow?


El hachís que solía tomar nuestro amigo era el preparado por el laboratorio de Tilden & Company, empresa radicada en New Lebanon, estado de New York, y en el número 98 de John Street, New York City. La fórmula que incluía en sus envases fue creada por James Edward Smith (1759 –1828), botánico inglés. El prospecto decía que tenía propiedades anestésicas, antiespasmódicas e hipnóticas. Seguía diciendo que, a diferencia del opio, no produce estreñimiento y no reduce el apetito; no produce náuseas, sequedad de boca o dolor de cabeza, y no bloquea las secreciones pulmonares. Estaba indicado para la histeria, la corea, la gota, la neuralgia, el reumatismo agudo y subagudo, el tétanos y la hidrofobia.


Un estudiante comedor de hachís


Por esas mismas fechas (primavera del año 1854) Ludlow comenzó sus estudios superiores. Ingresó en el College de New Jersey, actualmente Universidad de Princeton, pero el edificio principal quedó destruido por un incendio en marzo de 1855, y Fitz Hugh se trasladó al Union College, en Schenectady, estado de New York. En este centro asistió a cursos de diversas materias, entre ellas medicina y filosofía, y se graduó en julio de 1856. Sus compañeros de clase lo describieron como un individuo de conversación brillante, simpático, generoso y atractivo. También compuso varias canciones que los alumnos siguen recitando actualmente en ciertas celebraciones. Durante su estancia pudo conseguir hachís gracias a un químico de la localidad, y como ya hemos dicho fue en este tiempo cuando sus viajes cannábicos se hicieron más frecuentes. Tomó dosis bastante altas y llegó a pasar varios meses seguidos ingiriendo hachís todos los días; no obstante, el consumo continuo no parece haberle impedido llevar una vida normal. También inició a sus compañeros estudiantes, a unos con más fortuna que a otros, ya que varios sufrieron un mal viaje.


La literatura cannábica en Estados Unidos en el siglo XIX


Antes de la época que estamos tratando (mediados del siglo XIX), el hachís era conocido en Europa y Norteamérica, pero, en general, como señala Escohotado en Historia general de las drogas, era raro el uso extrafarmacéutico y solía emplearse para alguna indicación terapéutica concreta. Tampoco era un tema del cual escribir, y es justo ahora cuando surgen los primeros escritos cannábicos de la pluma de autores como Moreau, Gautier y Baudelaire. Antes de Ludlow, el único americano que había escrito sobre hachís fue Bayard Taylor (1825  – 1878), poeta, traductor, crítico literario y autor de libros de viajes, que en 1854 publicó el libro The Lands of the Saracen, cuyo décimo capítulo se titulaba “The vision of hasheesh”. Nuestro amigo no conocía esta obra cuando se inició en el consumo, y descubrió a Taylor cuando éste publicó en 1856 el artículo “The hasheesh eater”, que influyó considerablemente en un Ludlow que llevaba abusando demasiado tiempo de la sustancia, como ya explicaremos.


Según cuentan sus biógrafos, las experiencias de Taylor con el hachís fueron poco frecuentes, y nunca llegó a consumirlo de forma habitual; no obstante, sus escritos muestran una gran calidad tanto en el aspecto literario como en el descriptivo. En “The vision of hasheesh” narra sus experiencias con el hachís en Oriente: “Durante mi estancia en Damasco, esa insaciable curiosidad que me lleva a preferir la adquisición de todos los conocimientos auténticos mediante mi experiencia personal, y no de formas menos satisfactorias y laboriosas, me indujo a probar el célebre hachís, esa notable droga que permite a los sirios tener sueños más hermosos y seductores que los que los chinos consiguen con su querida pipa de opio. El uso del hachís —una preparación procedente de la planta Cannabis indica— se conoce en Oriente desde hace muchos siglos. Durante las cruzadas era muy utilizado por los guerreros sarracenos para estimularse para la tarea de matar; y del término árabe ‘hashashin’, o ‘comedor de hachís’, derivó la palabra ‘asesino’ (…) Una experiencia previa con los efectos del hachís —que tomé una vez, en una presentación muy suave, mientras estuve en Egipto— fue tan singular que mi curiosidad, en lugar de quedar satisfecha, me indujo a rendirme a su influencia. Las sensaciones que me produjo eran de una gran ligereza y vivacidad, y mentalmente se traducían en una aguda percepción de los aspectos de los objetos que suelen parecernos más insignificantes”.


Ludlow siempre habló de hachís, pero en realidad tomaba un extracto sólido de Cannabis indica que era unas dos veces más potente que la resina cruda y diez veces más potente que la marihuana. La cantidad que solía ingerir equivalía a unos seis o siete cigarrillos o porros de marihuana, y además, como bien sabemos, por vía oral produce efectos más fuertes.


Fitz Hugh se aficionó demasiado al hachís y desarrolló dependencia. Parecía estar siempre bajo la influencia de la droga, y los últimos meses de esta etapa de su vida los pasó inmerso en un sueño cannábico ininterrumpido. Siguió con sus experimentos hasta sumergirse en un estado de embriaguez prácticamente continua, añadiendo una administración de la droga a la anterior, sin esperar a que cesaran los efectos de la primera.


Desde el principio sabía que la intensidad dependía de la cantidad de droga ingerida. Pero, después de un tiempo de uso continuado, se dio cuenta de que no necesitaba incrementar la dosis, sino que sucedía todo lo contrario, lo que en la actualidad se conoce como “tolerancia inversa”. Hay varias explicaciones para este fenómeno. Una es que el consumo repetido puede generar una reducción de las inhibiciones emocionales y una facilitación del reconocimiento consciente de los efectos subjetivos. Otra es que puede haber una sensibilización farmacológica hacia la droga, con un aumento de la sensibilidad de los receptores neuronales tras las primeras dosis y/o un incremento de la conversión metabólica del THC en sustancias más activas para el organismo.


Lo que comenzó como una serie de experimentos se había convertido en un hábito que le beneficiaba en lo que a su imaginación literaria se refiere, pero llegó un momento en que se dio cuenta de que le resultaba difícil controlar ese hábito. La necesidad constante de tomar hachís y la creciente frecuencia de las malas experiencias (malos viajes) le hicieron decidirse a abandonar la sustancia porque ya consideraba mayores los efectos negativos que los positivos. Fue entonces cuando reconoció que su relación con el hachís se había convertido en enfermiza: “Ahora la droga, pese a toda su revelación de misterios interiores, su belleza sobrenatural y sublimidad, me parece la planta del mismísimo infierno, la hierba de la locura”


Intentó dejarlo, en unas ocasiones por completo y en otras reduciendo la cantidad gradualmente, pero no tuvo éxito. Bajó la dosis a la mitad durante varias semanas, pero no pudo mantenerse en esa línea: “Durante varias semanas hice un uso moderado del hachís, algunas veces reduciendo las dosis y luego volviendo a la cantidad máxima que me producía el efecto deseado, pero nunca sobrepasándola. Como la disminución proseguía a un ritmo tolerable aunque lento, me congratulé por avanzar hacia la final y perfecta emancipación. Pero el progreso no era tan fácil como yo me había figurado (…) Ahora empezaba a descubrir que el abandono gradual era casi tan difícil como el instantáneo (…) Consumir una dosis muy pequeña suponía tener que volver a una dosis mayor, e incluso en esas circunstancias mi mente se rebelaba contra las restricciones. Aunque no se producía ningún sufrimiento por una laxitud intelectual absoluta, de vez en cuando aparecía un deseo más o menos intenso de oír la música y las fantasías que antes me proporcionaba el hachís (…) Sin embargo, luché con vigor contra la tentación de tomar una dosis mayor, y esperé contra toda esperanza que llegara un momento en que el peligroso hechizo pudiera romperse definitivamente”.


Sentía un intenso deseo (craving) por volver a tomar hachís, además de la aparición espontánea de las sensaciones de los malos viajes, una depresión psíquica con aversión al simple hecho de hablar o hacer cualquier cosa, miedos infundados e ideas suicidas. Su descripción coincide en gran parte con lo que sabemos en la actualidad sobre la ausencia de síntomas físicos.


En esa difícil situación se encontraba cuando un día, mientras visitaba la librería de su ciudad, vio el ejemplar mensual de Putnam’s Monthly Magazine y se sorprendió al comprobar que contenía un artículo titulado “El comedor de hachís”, de autor anónimo: “Una mañana, después de haber tomado mi dosis habitual sin aún sentir los efectos, me dirigí a una librería para comprar el último número de Putnam Magazine. Al hojearla sobre el mostrador, el primer artículo que vi se titulaba “El comedor de hachís”. Nadie, excepto un hombre en mis circunstancias, puede apreciar el intenso interés que tuve al ver aquellas palabras (…) Yo pensaba que era el único comedor de hachís de este lado del océano; esta idea de completo aislamiento había sido una constante en muchas de mis pesadillas (…) Eché un vistazo al texto y descubrí que era un relato de sufrimientos (…) Leí y releí cada línea, y descubrí tan sorprendentes analogías con mi propia experiencia que rompí a sudar (…) Él había abandonado el hachís para siempre”.


El autor describía visiones similares a las de nuestro amigo, y contaba que, después de un tiempo de consumo, consiguió dejar el hachís. Eso fue lo que atrajo a Ludlow, así que escribió a los editores de la revista para saber la identidad del autor: “No conocía al autor de ese artículo (…) Podía entenderme como ningún otro hombre sobre la tierra podía hacerlo. Podía aconsejarme como ningún otro podía hacerlo (…) Mi siguiente paso fue descubrir al autor del artículo de Putnam. Lo conseguí gracias a sus directores. Después escribí al autor. Pedí consejo sobre la mejor manera de suavizar el sendero de mi evasión (…) Pasó poco tiempo antes de que recibiera respuesta a mis preguntas”.


Era Bayard Taylor, de quien ya hemos hablado en la entrega anterior. No se conserva la respuesta de éste a Ludlow, pero sí sabemos que supuso un rayo de esperanza. La carta contenía comentarios que le fueron útiles. Además, la relación literaria que establecieron le resultó muy beneficiosa.


Ludlow aceptó un puesto como profesor de lenguas clásicas en otra ciudad, en un intento de cambiar de aires y de vida. Allí no habría hachís a su disposición, lo cual era también una ventaja, pero pronto añoró la compañía de su vieja sustancia psiconáutica. Tuvo la suerte de conocer a una persona que le ayudaría en gran medida, el doctor William V. Rosa, que también había estudiado en su mismo centro educativo. Con él podía ser sincero y  expresar todos sus miedos. Ya que el efecto deseado de la droga era presentarle un mundo de fantasía, el médico le animó a que cultivara su talento literario. Otra ayuda fue el tabaco, aunque también adquirió este hábito y sufrió la abstinencia al abandonarlo. Bayard Taylor le recomendó que describiera las visiones que había tenido con el hachís; así lo hizo y reunió sus experiencias en el artículo “La apocalipsis del hachís”, publicado en Putnam’s Magazine en el año 1856.



No consiguió librarse de su problema, así que probó nuevos métodos. Lo intentó tomando opio y alcohol, pero se convenció de que eso no era más que dejar una droga por otra, y además con peores efectos secundarios: “El comedor de hachís debe resistirse, en especial, a la tentación de refugiarse, durante su lenta liberación, en cualquier otro estímulo como el alcohol o el opio. El mismo consejero cuyo artículo fue el principio de mi abandono me advirtió de esto”.


Ya sólo le quedaba un último recurso: hacer lo recomendado por Taylor, pero a gran escala. Cogió pluma y papel, y se dispuso a narrar la historia de su relación con el extracto de cannabis desde el comienzo. La redacción de las 365 páginas del manuscrito le llevó sólo cuatro meses. Lo escribió prácticamente sin modificaciones ni correcciones, casi de un tirón, pensando previamente lo que segundos después salía de su pluma. Para hacerlo siguió el modelo de Thomas de Quincey en Confesiones de un inglés comedor de opio: con un estilo autobiográfico y realista. Además de la descripción de sus estados alterados de conciencia, la obra incluye sus reflexiones filosóficas bajo los efectos de la droga.


La editorial Harper Brothers aceptó el libro y lo publicó en 1857: todo un logro para un joven de veintiún años. El libro fue un éxito, con varias ediciones en poco tiempo. Fue editado de forma anónima, si bien poco después Ludlow reveló su identidad y fue ampliamente reconocido en los círculos literarios. Una reseña de aquella época decía: “La literatura americana sobre drogas dio comienzo con este libro, el relato auto­biográfico de un estudiante de veinte años que experimentó la soledad y la paranoia de ser el único toxicómano en el escenario más convencional que pueda encontrarse: una pequeña ciudad rural de la Nortea­mérica anterior a la guerra civil”.


Ludlow logró dejar su relación enfermiza con el hachís gracias a su terapia literaria. Hagamos un breve resumen de los acontecimientos posteriores de su vida. Ingresó en el círculo literario de Nueva York, donde predominaban los bohemios y no se ponían trabas a un autor que se había hecho famoso escribiendo sobre una droga. Desde 1857 hasta 1861 sus escritos fueron principalmente historias que publicaba en periódicos y revistas. Trabajó también como crítico de teatro, arte y música para el periódico The Evening Post. En 1859 se casó con Rosalie Osborne, de dieciocho años, pero la pareja no se llevaba bien y se divorciaron en 1861. En 1865 se casó con Maria Milliken, una mujer más madura, viuda de un matrimonio anterior.


Sus obras más importantes, aparte de las dos citadas sobre el hachís, son: “¿Qué deben hacer para salvarse?” y “El hábito del opio”, sobre la adicción a esta sustancia y los métodos para superarla. También escribió una novela, La familia Primpenny, publicada por entregas en la revista Vanity Fair; un libro de cuentos, El hermano pequeño y otros cuentos de género, y un libro de viajes, El corazón del continente. También escribió un extenso artículo sobre Física, “E Pluribus Unum”, donde resumió los intentos de los científicos para unificar las fuerzas del universo conocidas hasta el momento, y donde de algún modo anticipaba algunas hipótesis que medio siglo más tarde desarrollaría Einstein en la teoría de la relatividad.


 Su eterna mala salud le impidió alcanzar la madurez. Con veintisiete años se le detectó una tuberculosis que ya no le abandonaría y que acabó con su vida el 12 de septiembre de 1870, cuando acababa de cumplir los treinta y cuatro. El fallecimiento se produjo lejos de su tierra natal, en un sanatorio suizo, adonde había acudido para curarse de su enfermedad. Con su prematura muerte, la humanidad perdió a uno de los psiconautas pioneros, al primer literato comedor de hachís y a quien pudo llegar a ser uno de los más importantes escritores americanos.


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El comedor de hachís – Vida y obra de Fitz Hugh Ludlow